Audiencia pontificia: Refugiados, la mayor tragedia desde la II Guerra Mundial

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El Santo Padre dirige unas palabras a la Fundación Migrantes

Audiencia pontificia: Refugiados, la mayor tragedia desde la II Guerra Mundial 

 El papa Francisco hizo un nuevo llamado pidendo que los inmigrantes sean recibidos e integrados.

Llegando al final de la audiencia general de este miércoles en la plaza de San Pedro, el Santo Padre saludó en italiano a los participantes de la reunión de la Fundación Migrantes: “Les animo a seguir en esta labor destinada a acoger y dar hospitalidad a los refugiados”, dijo.

Además hizo una invitación para que se favorezca la integración de los refugiados “teniendo en cuenta los derechos y deberes recíprocos de quien les recibe y de quien es recibido”.

“No nos olvidemos que hoy en día –añadió improvisando algunas palabras– que el problema de los refugiados y de los migrantes es la mayor tragedia después de la II Guerra Mundial”.

El encuentro de la Fundación Migrantes, organismo de la Conferencia episcopal italiana, se realizó del 19 al 22 de marzo y estuvo dedicado a la pastoral de los migrantes en las ciudades europeas. El tema fue: “Las periferias geográficas y existenciales en la movilidad humana”.

(ZENIT – Ciudad del Vaticano, 22 Mar. 2017)

España: El Santo Padre saluda la beatificación de 115 mártires

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(Zenit- Ciudad del Vaticano) El papa Francisco ha saludado la beatificación de 115 mártires de la guerra española, muertos por el odio de la fe en 1936; 94 sacerdotes la mayoría diocesanos –liderados por el P. José Alvarez-Benavides y de la Torre– y también por algunos franciscanos y una veintena de laicos, dos de ellos mujeres, quienes han sido beatificados en la ciudad española de Almería, este sábado 25 de marzo del 2017 por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación por la causa de los santos.

Evocando este acontecimiento después de rezar el ángelus, hoy domingo en la plaza San Pedro, el Pontífice ha subrayado que fueron “testigos heroicos de Cristo y de su Evangelio de paz y de reconciliación fraterna”. Entre los mártires figura una gitana, Emilia Fernández Rodríguez.

He aquí nuestra traducción íntegra de las palabras que el Santo Padre ha pronunciado después del ángelus.

Palabras del Papa después del ángelus

“Queridos hermanos y hermanas,

Ayer en Almería (España) José Alvarez -Benavides y de la Torre y 114 compañeros mártires han sido proclamados bienaventurados. Estos sacerdotes, religiosos y laicos, han sido testigos heroicos de Cristo y de su Evangelio de paz y de reconciliación fraterna. Que su ejemplo y su intercesión sostengan el compromiso de la Iglesia para edificar la civilización del amor.

Saludo a todos, provenientes de Roma, de Italia y de los diversos países, en particular a los peregrinos de Córdoba (España), a los jóvenes del colegio Saint-Jean Passy de París, a los fieles de Loreto, a los fieles de Quartu Sant Elena, Rende, Majori, Poggiomarino y a los adolescentes del decanato “Romana-Vitoria” de Milán.

A propósito de Milán, quisiera dar las gracias al cardenal  arzobispo  y todo el pueblo milanés  por la calurosa acogida de ayer. Verdaderamente, me sentí como en casa con todos, creyentes y no creyentes. Les doy las gracias queridos milaneses, y les voy a decir una cosa: he constatado que es verdad lo que se dice. En Milán se recibe con el corazón en la mano.

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor no se olviden de rezar por mí. ‘Buen apetito y hasta la próxima’”.

Dentro del CIE: la vida en una cárcel de 60 días

EL PAÍS entra en el centro de internamiento de Aluche (Madrid), un espacio en el que casi 200 inmigrantes esperan para ver si serán expulsados, presos de la desesperación.

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Una docena de mujeres pulula sin mucho que hacer por una habitación pequeña y fría llena de mesas y bancos metálicos negros y azules anclados al suelo. Al fondo hay una tele, una máquina de comida y otra de refrescos. La llamada “sala de ocio” es una estancia rectangular con azulejo en las paredes en la que un grupo de inmigrantes desayunan, comen, cenan y pasan el rato hablando o viendo la tele. A la hora del almuerzo salen a la cocina a por sus bandejas y regresan con un trozo grande de pan, un guiso de garbanzos, arroz y una pera. Más de la mitad son subsaharianas de Camerún, Mauritania, Costa de Marfil, Guinea y Senegal; el resto: marroquíes, una argelina, dos rumanas, una venezolana, una rusa…

Están sentadas en parejas o en pequeños grupos, por nacionalidades y lenguas afines. Van tapadas con chales de colores y mantas y varias estornudan. Es enero, la calefacción está baja y hace frío. Algunas llevan encima los papeles de su expulsión, que no siempre comprenden bien por su escaso conocimiento del español. Estamos en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche, en Madrid. Uno de los siete que hay abiertos en España, por los que pasan más de 7.000 inmigrantes al año. Espacios pensados para retener durante un máximo de 60 días a extranjeros sin papeles que tienen dictada una orden de expulsión, pero el Estado solo logra devolver a sus países al 29%. Siete de cada diez quedan en libertad y han pasado dos meses encerrados para nada.

 Al final del pasillo, en la planta baja de Aluche, hay otra sala más grande para los hombres. Es una zona mucho más tensa. Centenares de ellos se agolpan de pie en un espacio cerrado con rejas. Las mesas y sillas también están ancladas. El comedor, a un lado, es una estancia aparte que usan en dos turnos. Se quejan también del frío y de que tienen pocas mudas. Algunos tienen los zapatos muy rotos. Por turnos pueden salir a un patio grande y, cuando está Cruz Roja -que es la que lleva los balones-, jugar al fútbol o al baloncesto. Ya no son una docena de personas, como en la de mujeres, sino más de 150. Cuando visitamos este CIE, a mediados de enero, había 169 internos: 156 hombres y 13 mujeres.

La ley dice que son “establecimientos de carácter no penitenciario”; deben serlo, puesto que los inmigrantes no están allí para cumplir ninguna pena. Pero, para quien ha visitado alguna cárcel, un CIE tiene claros parecidos. Puertas metálicas que se cierran tras uno, espacios fríos, habitaciones en forma de celdas en torno a amplios pasillos… Los dormitorios tienen literas con un colchón mínimo, un inodoro tras una puerta y unas baldas abiertas para dejar las pertenencias. Quedan cerradas a cal y canto durante la noche. Mientras las celdas de las prisiones son solo para una o dos personas, aquí están previstas para seis u ocho. Y, así como en una cárcel son funcionarios de prisiones los que llevan la gestión del día a día del centro, en un CIE son agentes de policía quienes se encargan de todo.

En la segunda planta está el servicio médico, gestionado por una empresa externa. Abre de 8 de la mañana a 10 de la noche. Fuera de ese horario, por una urgencia, la persona puede pedir ser trasladada a un hospital. Desde hace unas semanas, y tras muchas peticiones por parte de las ONG, como responsable última hay una doctora de la sanidad pública. Suele haber varios internos de ambos sexos en el banco de fuera esperando para entrar, pero muchas veces tienen problemas para explicar lo que les pasa porque no hablan el idioma. Le ocurrió a Samba Martine, tristemente conocida por haber fallecido el 19 de diciembre de 2011, a los 34 años, cuando estaba internada en este centro. Había acudido hasta 10 veces al servicio médico sin ser atendida de manera correcta. Solo en una de las ocasiones fue asistida por un intérprete. El caso, con cinco sanitarios imputados, sigue en manos de la justicia.

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Un año des­de el Acuer­do Unión Eu­ro­pea-Tur­quía: pa­sos en la mala di­rec­ción

Caritas-Unión-Europea-Turquia-FILEminimizer-e1490095533576El 18 de mar­zo de 2016 los miem­bros del Con­se­jo Eu­ro­peo (Je­fes de Es­ta­do y de Go­bierno) se reunieron con su ho­mó­lo­go tur­co para fir­mar una de­cla­ra­ción en la que acor­da­ron me­di­das adi­cio­na­les para “po­ner tér­mino a la mi­gra­ción irre­gu­lar des­de Tur­quía a la UE”.

Se tra­ta de un acuer­do in­ter­na­cio­nal, solo que dis­fra­za­do bajo el nom­bre de de­cla­ra­ción. Un acuer­do in­ter­na­cio­nal hur­ta­do al con­trol de­mo­crá­ti­co del Par­la­men­to Eu­ro­peo, que no ha sido ob­je­to de ra­ti­fi­ca­ción ni está pu­bli­ca­do en Dia­rio Ofi­cial al­guno. Ade­más, el acuer­do ge­ne­ra dis­cri­mi­na­ción en base a la na­cio­na­li­dad, ya que sólo con­tem­pla el reasen­ta­mien­to des­de Tur­quía de per­so­nas si­rias.

Para po­der de­cla­rar la inad­mi­si­bi­li­dad de las so­li­ci­tu­des de pro­tec­ción de las per­so­nas que lle­gan a las is­las grie­gas, el acuer­do ca­li­fi­ca a Tur­quía como ter­cer país se­gu­ro, a pe­sar de las evi­den­cias de la de­te­rio­ra­da ca­li­dad de­mo­crá­ti­ca del ré­gi­men y la vio­la­ción de los de­re­chos hu­ma­nos, tan­to de los ciu­da­da­nos di­si­den­tes como de las per­so­nas mi­gran­tes y re­fu­gia­das.

Aun­que las au­to­ri­da­des eu­ro­peas se fe­li­ci­tan por el buen fun­cio­na­mien­to del acuer­do, no es cier­to: mi­les de per­so­nas per­ma­ne­cen en un lim­bo ju­rí­di­co, como hués­pe­des tem­po­ra­les en Tur­quía y en cam­pos en las is­las grie­gas vi­vien­do en pé­si­mas con­di­cio­nes.

El acuer­do res­pon­de a una es­tra­te­gia po­lí­ti­ca eu­ro­pea en ple­na ex­pan­sión di­ri­gi­da a ce­rrar nues­tras fron­te­ras, con­si­de­ran­do ter­ce­ros paí­ses se­gu­ros a otros de los que pro­ce­den o por los que tran­si­tan im­por­tan­tes flu­jos de mi­gran­tes y re­fu­gia­dos, y a au­men­tar sus­tan­cial­men­te las ex­pul­sio­nes des­de Eu­ro­pa, como se de­ri­va del nue­vo Plan de Ac­ción de la Co­mi­sión Eu­ro­pea so­bre re­torno que, con un len­gua­je con­fu­so per­mi­te in­clu­so el in­ter­na­mien­to de me­no­res. Otro caso san­gran­te es el acuer­do con Af­ga­nis­tán para la read­mi­sión de to­das las per­so­nas af­ga­nas que ex­pul­se la Unión Eu­ro­pea aun­que no es el úni­co. Ac­tual­men­te hay ne­go­cia­cio­nes si­mi­la­res de con­trol mi­gra­to­rio y read­mi­sión a cam­bio de di­ver­sas con­tra­pres­ta­cio­nes por par­te de la UE con Li­bia, Etio­pía, Ní­ger, Ni­ge­ria, Se­ne­gal, Malí y Tú­nez.

Se tra­ta de acuer­dos in­ter­na­cio­na­les en los que se pro­po­ne ex­clu­si­va­men­te el con­trol de los flu­jos mi­gra­to­rios y el cie­rre de nues­tras fron­te­ras in­clu­so vul­ne­ran­do las ga­ran­tías mí­ni­mas de De­re­chos Hu­ma­nos y Pro­tec­ción In­ter­na­cio­nal, au­men­tan­do la pre­sión mi­gra­to­ria so­bre paí­ses que no cum­plen di­chos es­tán­da­res ni tie­nen ca­pa­ci­dad para ga­ran­ti­zar­los. La Unión Eu­ro­pea, le­jos de ha­bi­li­tar vías le­ga­les y se­gu­ras, ge­ne­ra cue­llos de bo­te­lla para los cien­tos de mi­les de per­so­nas que vie­nen hu­yen­do de la gue­rra, la per­se­cu­ción o quie­nes se ven for­za­dos des­pla­zar­se por las con­se­cuen­cias del de­te­rio­ro me­dioam­bien­tal o la au­sen­cia de opor­tu­ni­da­des de vida en sus paí­ses.

Es una so­lu­ción cor­to­pla­cis­ta, que evi­den­cia su in­efi­ca­cia y pro­vo­ca vio­la­cio­nes de De­re­chos Hu­ma­nos de las que to­dos los go­bier­nos son ma­te­rial­men­te res­pon­sa­bles. Tam­po­co es una res­pues­ta al cre­ci­mien­to del po­pu­lis­mo o de la quie­bra del mo­de­lo Eu­ro­peo, vio­la di­ver­sos acuer­dos in­ter­na­cio­na­les y se de­ri­va la res­pon­sa­bi­li­dad a otros Es­ta­dos.

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