El Papa alaba la acogida del Gobierno español al ‘Aquarius': “Sin inmigración, Europa se vaciará”

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Acusa a los cardenales de las ‘Dubia’ de actuar “de manera poco eclesial”, aunque las reformas “están en marcha”

La cifra de desplazados forzosos bate un nuevo récord mundial: 68,5 millones de personas

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La cifra de desplazados forzosos bate un nuevo récord mundial: 68,5 millones de personas

En su informe anual, la Agencia de la ONU para los refugiados (Acnur) concluye que la población desplazada debido a las guerras y la persecución creció en 2017 en más de 2,9 millones de personas.A finales del año pasado, 25,4 millones de personas vivían como refugiadas en otros países y 40 millones de personas se encontraban desplazadas dentro de sus países.El 85% de los refugiados se encuentra en países empobrecidos como Turquía,  Pakistán, Uganda, Líbano e Irán.

El DiarioIcíar Gutiérrez 19-06-2018

En los próximos dos segundos, una persona se habrá visto obligada a abandonar su hogar en alguna parte del mundo. Un año más, el número de personas forzadas a desplazarse dentro y fuera de las fronteras de su país vuelve a aumentar y a alcanzar cifras sin precedentes. Al finalizar 2017, 68,5 millones de personas se encontraban desplazadas en todo el mundo debido a la persecución, los conflictos o la violencia generalizada, según la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur).

En su informe anual Tendencias Globales, publicado este martes, el organismo concluye que la población desplazada creció el año pasado en casi 3 millones de personas respecto a 2016. La “magnitud” del movimiento de personas que se está desplazando queda patente en otra de las cifras: solo en 2017, 16,2 millones de personas abandonaron sus casas por primera vez o de forma reiterada. O lo que es lo mismo: 44.500 personas cada día. Se trata, además, de una población muy joven: el 53% son menores, muchos no acompañados o separados de sus familias.

En 2017, Acnur ha registrado el mayor aumento en un solo año del número de refugiados que ha huido de sus países escapando de las guerras, la violencia y la persecución: 2,9 millones más que en 2016. A finales del año pasado, la cifra de refugiados se situaba en 25,4 millones de personas. La mayoría de los refugiados, dos tercios, procedían solo de cinco países: Siria, Afganistán, Sudán del Sur, Myanmar y Somalia.

Un año más, el informe desmonta la “creencia errónea”, dice Acnur, de que la mayoría de desplazados se encuentra en países del hemisferio norte. El 85% de las personas refugiadas vive en países empobrecidos, muchos de los cuales “apenas reciben ayuda para atender a estas personas”. Es decir: cuatro de cada cinco refugiados se quedan en países vecinos.

Por cuarto año consecutivo, Turquía alberga al mayor número de refugiados en el mundo, 3,5 millones de personas. Le siguen Pakistán, Uganda, Líbano e Irán. La mayoría de refugiados, el 58%, vive en zonas urbanas y no en campos o áreas rurales.

El grueso de la cifra de personas que han abandonado sus hogares lo conforman, sobre todo, los desplazados internos, es decir, quienes han huido pero se mantienen dentro de las fronteras de sus países: 40 millones, una cifra que desciende ligeramente respecto a 2016. Otras 3,1 millones de personas esperaban una decisión sobre su solicitud de asilo a finales de 2017.

Las guerras y conflictos continúan siendo, una vez más, las principales causas de desplazamientos. Cerca de cinco millones de personas pudieron regresar a sus hogares en 2017, “aunque muchos lo hacían bajo coacción o en condiciones precarias”, matiza Acnur. Por otro lado, la Agencia de la ONU registró en 2017 las dificultades a las que se enfrentan quienes huyen de sus hogares a otros países, entre ellas, “devoluciones forzosas, politización y estigmatización, casos de encarcelamiento o negación del permiso de trabajo, o incluso el rechazo de varios países al uso del término ’refugiado”.

“Estamos en un punto de inflexión y para que la gestión del desplazamiento en el mundo tenga éxito es necesario un nuevo enfoque mucho más integral, que no deje solos a los países y a las comunidades frente a estas situaciones”, ha afirmado el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Filippo Grandi, en un comunicado.

Ante las cifras registradas un año más, Grandi ha hecho ha reclamado a los países miembros de la Asamblea de las Naciones Unidas que apoyen el nuevo Pacto Mundial sobre Refugiados. “Nadie se convierte en refugiado por elección, pero cada uno de nosotros sí podemos elegir cómo ayudar”, concluye Grandi.

Michael Czerny, sj: “Las concertinas no son dignas ni civilizadas ni nada cristianas

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“Si no se abre la puerta, el resultado es la migración irregular. Y eso genera problemas”

(José M. Vidal).- “Uno no se tira al agua, si lo que da la tierra no es peor”. El subsecretario de la sección de Migrantes y Refugiados del Vaticano, que lleva directamente el Papa, despacha directamente con Francisco. En esta entrevsta exclusiva,  Michael Czerny, habla bien claro sobre la crisis de refugiadosa la que se enfrenta Europa. “Abrir puertas y facilitar la entrada de los que tienen derecho, de los que son reconocidos”, recomienda el jesuita. “Y ayudar a los que no podemos acoger procurándoles desarrollo en sus países para comenzar una nueva vida”.

Es usted jesuita. ¿De qué país?

Nací en Checoslovaquia, crecí en Canadá y durante casi veinte años he trabajado en el Vaticano. Primero once años en Roma, en la curia de los jesuitas como responsable de la Justicia Social. Después siete años como asesor del cardenal residente de Justicia y Paz, en el Vaticano. Y ahora, después de de la reforma, como subsecretario de Migrantes y Refugiados.

O sea, que es usted un especialista en el tema de justicia social y en el tema de refugiados desde hace años.

He trabajado en justicia social toda mi vida, y con migrantes año y medio.

Empecemos por lo más actual. El Aquarius está viniendo hacia Valencia. En España hay una expectativa formidable. Se ha desencadenado una oleada de solidaridad. En esta ocasión no hay bien que por mal no venga ¿no? El mal a veces provoca el bien.

Sí. Y hay que reconocer que cada uno de los que que llegan de esta manera a Europa ha pasado por males inimaginables. Se dice que uno no se tira al agua si lo que da la tierra no es peor. La gente está arriesgando su vida por razones que todos nosotros podemos entender y compartir. La única diferencia entre usted y uno de estos migrantes forzados es que usted hubiera partido antes; no hubiera esperado tanto. O sea, que para nosotros, los motivos de irse son muy convincentes. Si estamos abiertos a considerarlos, son lógicos.

La postura que ha adoptado España, desde el Gobierno central hasta la Iglesia, ¿le gusta al Vaticano?

No sé los detalles y no puedo hacer ningún comentario sobre el Gobierno. Pero el Santo Padre dijo que el primer paso es acoger y el segundo es proteger. España está acogiendo y protegiendo a esta gente. Es lo que hay, y es necesario.

Italia, en cambio, no está haciendo lo mismo.

Italia ha hecho cien veces más.

Eso decía Salvini el otro día.

Italia ha hecho mucho. El problema, pienso, es que Italia es una puerta de entrada, pero, en una casa común como es Europa, los que entran no se quedan en la puerta; se distribuyen por la casa. Y esta distribución no funciona. Italia está superada por las entradas, sin resolución por parte del resto de los Estados.

Si lo entiendo bien, el problema es europeo y tiene que resolverse en Europa.

En un sentido sí. Pero no me gusta hacer demasiada abstracción. Europa se traduce en país por país, pueblo por pueblo, iglesia por iglesia y parroquia por parroquia. Y si como integrantes  d uropa entendemos  que la acogida tien que ser compartida, también el peso se comparte. Pero si se concentra, se torna un problema. Si se comparte y se distribuye, en cambio, es más bien una oportunidad y un enriquecimiento.

¿Hay una invasión de refugiados? Que nos van a invadir es un argumento que a veces se esgrime en España, y también en Europa.

Sin tener en cuenta los números, las dificultades son grandes y los miedos son reales. Los números son relativamente bajos. En 2015-2016 tuvimos números elevados, aunque no demasiado. Pero elevados. Ahora, por razones cuestionables a veces, tenemos números reducidos. Pero pienso que el problema no es el número.

Si consideramos los números, en otras partes del mundo son mucho más elevados. Y las comunidades que residen aquí son muy poco numerosas. Entonces, es cuestión de otros factores importantes: factores humanos. Y el problema objetivo no es tan grave.

Europa, además, necesita inmigrantes, porque precisa mano de obra y rejuvenecer la pirámide de población.

Y supongo que la gente que tiene miedo reconoce también estos problemas. Pero están preocupados y frustrados, y es fácil que esta frustración se dirija hacia los que acaban de llegar.

 

Migrantes se dirigen en una balsa hasta costas europeas

¿Hay xenofobia? ¿La reacción contra los emigrantes, es xenofobia o es miedo?

Estoy convencido que es desconocimiento y miedo. Muchas encuestas indican que hay más miedo donde hay ausencia de extranjeros.

¿Hay miedo al Islam?

Sí, lo hay. Pero, de nuevo y es curioso, siempre utilizamos palabras abstractas. Es como decir “hay miedo del catolicismo”. Sí, lo hay. Hay gente que tiene miedo de la Iglesia. Pero si preguntas: ¿tienes miedo de los católicos? La respuesta es que no conocen a católicos, por lo que no pueden tenerles miedo. Pienso que, muchas veces, los que tenemos más miedo somos los que ni siquiera hemos saludado a un musulmán.

¿La emigración es un derecho?

Eso es interesante. Emigrar, si lo entiendo bien, es un derecho. Es decir, tu gobierno no debe impedirte emigrar. Pero no es un derecho emigrar a un país u otro. No puedes tocar a la puerta y decir: tengo el derecho de entrar aquí. El país que acoge tiene el derecho de establecer las condiciones.

El problema es que los países que con sus mercados están atrayendo personas, con sus políticas están haciendo muy difícil la entrada. Si no hubiera demanda, la gente no vendría. Pero el gobierno, donde hay demanda, no sabe gestionar bien esa demanda en relación con las reglas de la soberanía nacional y las reglas de la Iglesia. Hay una tendencia a hacer de esto un problema de seguridad nacional. Y hay dimensiones de seguridad a los que hay que prestar atención, pero la seguridad es una dimensión. El punto central es el hombre, la mujer, el niño. Y ellos necesitan nuestra acogida y nuestra protección, como dice el Santo Padre.

También me imagino que existe el derecho a no emigrar. A poder tener una vida digna. ¿Esa sería la solución ideal: Que ayudásemos, desde Europa, a los países en vías de desarrollo?

Sí. Y en las negociaciones de los pactos mundiales la Santa Sede dialoga e insiste sobre el derecho a quedarse; a no emigrar. El Santo Padre habla de este derecho de quedarse. Y tenemos que trabajar mucho esto. El pacto global sobre la mediación, sobre los refugiados, se inscribe dentro de los Sustainable Development Goals (Objetivos de Desarrollo Sostenible). Hay que ver la migración como un fenómeno dentro de la cuestión más grande del desarrollo.

En la Santa Sede, nuestra sección de Migrantes y Refugiados está dentro del Departamento de Desarrollo Humano Integral. Es el lugar correcto. Entonces, cuando usted habla del derecho de no emigrar, habla del derecho al desarrollo que tengo y que debo exigir a mi gobierno. Pero donde hay gobiernos incapaces de hacerlo, en gran parte por los pecados pasados y presentes de los países ricos, la gente se siente obligada a huir.

Michael Czerny, sj

¿Cómo ayudar al flujo? El flujo migratorio siempre ha existido y seguirá existiendo. Sobre todo nosotros, que tenemos una África empobrecida tan cerca y una Europa muy desarrollada a su lado. ¿Qué podemos hacer?

Es -de nuevo- imaginar una casa que tiene una pequeña y estrecha puerta y mucha gente que quiere entrar. Una parte de la solución es abrir más puertas: puertas legales, más fáciles y más flexibles, pero dentro de la soberanía nacional. El país que acoge es el país que establece las reglas. Pero si hay diálogo entre los dos países, si hay comprensión de las necesidades y de las oportunidades, todo es más fácil.

Por ejemplo, imagine que en España hubiera una posibilidad de acoger a un diez o un veinte por ciento más de estudiantes, estudiantes migrantes, en cada universidad. Sería una gran riqueza para las universidades y una gran solución para los migrantes. Muchos de ellos, probablemente, van a volver a su país con su educación. Y pocos se van a quedar. Pero, si no se abre la puerta, el resultado es la migración irregular. Y eso genera problemas.

Y genera muertes. El Papa dice continuamente que el Mediterráneo se está convirtiendo en un cementerio.

Pero si nosotros podemos ofrecer a nuestro público la opción entre cerrar las puertas o abrir posibilidades en las universidades, estoy segurísimo de que la gran mayoría de españoles va a decir: sí, dejen que vengan a estudiar. Sería genial, y una ganancia para todos.

La situación en el Mediterráneo es la más dramática, porque es enfrentarse a la muerte. En EE.UU. hay muro también, pero la gente no muere cruzándolo. En el mar, sí.

Pero no hay que hacer esta comparación. Esta diferencia, lastimosamente, no es tan cierta. La ruta de llegada de El Salvador, de Guatemala, o de Colombia hasta la frontera de EE.UU., no digo que es peor, pero es peligrosa.

En el famoso tren, llamado ‘La bestia’.

Sí, pero también, como siempre, los peligros humanos son peores que los peligros naturales; la mar o el desierto son peligrosos, pero los traficantes lo son mucho más. Entre perder la vida en el mar o perderla víctima del tráfico o siendo vendido, no sé qué es preferible.

¿Es ético intentar controlar esos flujos con vallas? En España tenemos vallas con cuchillas, con “concertinas”. Ahora el Gobierno quiere eliminarlas.

Aceptar estos instrumentos como recurso es reconocer que, como no sabemos qué hacer, utilizamos un medio de violencia. Eso no es digno, ni civilizado. No es nada cristiano. Tenemos que reconocer que estamos ante un problema, que es nuestro y tenemos que resolverlo racionalmente, con calma. Abrir puertas y facilitar la entrada de los que tienen derecho, de los que son reconocidos. Y ayudar a los que no podemos acoger procurándoles ayuda en sus países para comenzar una nueva vida. Todo eso es una respuesta humana, constructiva, cristiana y necesaria.

El Papa Francisco saluda a un inmigrante

Es una de las obsesiones del Papa: los refugiados, las migraciones. Está continuamente señalando esto. Hoy mismo, dos veces. Ayer, también.

Es una obsesión de Jesús. Usted acaba de decirlo, él tenía 99 ovejas con quienes podía detenerse. Pero dejó a las 99 y fue a buscar a la perdida. Eso es una obsesión. Es cristiana.

Bueno, también hay algo de personal, imagino. Los padres del Papa se fueron de Italia a Argentina en uno de esos barcos llenos de emigrantes.

Sí, en parte es cierto que él tiene una memoria más viva de algo que nosotros hemos olvidado: que ningún pueblo europeo nació en Europa. De manera que todos somos, más o menos, migrantes. Pero algunos los hemos olvidado.

El Papa está preocupado por una cosa más profunda. Cuando hablamos de este tema, hacemos inconscientemente una distinción un poco cuestionable: que esta gente es gente en movimiento, mientras que nosotros estamos estables. Y creemos que ésta es la diferencia. Pero, de hecho, nosotros estamos sujetos a fuerzas de cambio, en este sentido de movimiento, mucho más grandes que atravesar el Mediterráneo: la consecuencia del teléfono móvil, la digitalización, la robotización, el cambio climático, la evolución rápida de nuestras sociedades, la cultura, es un movimiento tremendo.

Pienso que el corazón de la experiencia es éste: la Iglesia que puede acompañar a la gente en movimiento es una Iglesia más capaz de acompañar a la gente que no se piensa en movimiento pero de hecho lo está, porque se encuentra sumergida en un gran cambio. Por lo tanto, se puede ver como una pequeña obsesión, o se puede ver como el corazón pastoral del Papa. El pueblo de Dios es un pueblo en movimiento, siempre lo ha sido. Pero hoy en día es un movimiento dramático y poco comprendido. ¿Por qué no ponernos en camino, como Iglesia, con la gente en movimiento? Aprender a acompañar al pueblo de Dios en movimiento: eso es lo que tenemos delante.

El pueblo de Abraham, con la tienda a cuestas, ¿verdad? El Papa hizo algún gesto, al principio de su pontificado, de estos gestos llamativos: fue a Lampedusa.

Pronto vamos a celebrar el quinto aniversario, el 7 de julio.

¿Y van a ir allí otra vez?

Él va a ir a Bari, a hacer un día de oración por la paz en el Medio Oriente. Es interesante: fue a Lampedusa y cinco años después va a la costa de Europa a pedir la ayuda de Dios para la paz en el Medio Oriente.

Con el patriarca de Constantinopla.

Sí.

El Papa, con los inmigrantes

¿Hay previsto algún sínodo o alguna cosa especial del Papa sobre este tema?

El hecho de que el Papa mismo dirige la sección Migrantes y Refugiados, de que él es el jefe directo, se puede decir que es un gesto diario. Un gesto de: entre todas las cosas que tengo que hacer, quiero mantener una presencia activa en este punto.

¿Usted despacha habitualmente con el Papa sobre estos temas?

Sí.

¿Le duele la posición de Europa respecto a este tema? Hay como una especie de encerramiento: Polonia, Hungría, Italia, Austria…

No puedo generalizar, porque hay muchas situaciones difíciles en otras partes del mundo. Pero lo que más me duele es que todas las buenas experiencias aquí en Europa de acogida, de protección, de promoción, de integración de los recién llegados no llegan a la conciencia pública. La ideologización de la cuestión está llevando a que Europa misma está perdiendo su propia experiencia: la experiencia positiva que tenemos tantos europeos de acoger y proteger. Todo eso está perdido en el ruido del miedo, y eso es una lástima. Espero que ustedes puedan ayudar a la gente a descubrir que estamos haciendo lo que nuestro corazón y nuestra fe nos piden, que es reconocer en el extranjero al Señor Jesús.

Y de hecho, un país como España, emigrante durante muchísimos años, en este momento está volviendo a esas raíces: hay una oleada de solidaridad con el Aquarius, impresionante.

A mí me toca mucho la idea de que los venezolanos o los nicaragüenses, cuando se encuentran en dificultad vuelven a España, si puede ser.

A la madre patria.

No sé si se puede decirse así exactamente. Pero vuelven aquí, aunque tienen sus críticas y sus cuestiones. Y cuando se encuentran en dificultad, regresan. Y eso me parece una buena cosa.

La Iglesia va a seguir, siempre, en esta brecha en vanguardia: este tema no lo va a olvidar.

Como he dicho antes, eso es imposible porque la Iglesia es el pueblo de Dios en camino. Y si estamos en camino, aquí nos veremos.

Muchas gracias, padre.

El jesuita Michael Czerny

 

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