El regreso de 13 menores migrantes trasladadas de Palencia a Melilla: “Mi vida está allí, no han pensado en nosotras”

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El Defensor de Pueblo está investigando de urgencia el caso de un grupo de adolescentes marroquíes devueltas a la ciudad autónoma hace una semana. “No queremos estar aquí”, dice una de las menores, que explica las dificultades que se están encontrando para empezar de nuevo tras dejar atrás el centro de acogida en Palencia, donde han pasado varios años. La ONG Prodein, que presentó la queja a la institución, reclama que se revierta el traslado: “Han construido una familia”

Zahra (nombre ficticio) habla con frustración, pero también con firmeza. “No queremos estar aquí”, sostiene al otro lado del teléfono esta menor de 17 años. Lleva menos de una semana en Melilla, en el centro de acogida de Gota de Leche, y solo piensa en regresar a Palencia. “Allí está nuestra vida”, señala.

El Defensor de Pueblo está investigando de urgencia su caso y el de otras 12 menores migrantes de entre 14 y 17 años devueltas a la ciudad autónoma el 7 de septiembre. Las adolescentes, bajo tutela de Melilla, llevaban varios años acogidas en el centro Fundación Diego Martínez de Palencia en el marco de un convenio por el que el Gobierno melillense contrata los servicios para la atención de menores extranjeros no acompañados.

Aquel día, Zahra se vio, una vez más, empezando de cero en un centro en el que no conocía a nadie. Lo hizo en Melilla, cuando llegó a España hace tres años desde Marruecos. También en Palencia, cuando solicitó ser trasladada hace un año y medio. Ahora, lo revive otra vez. “Todo aquí es nuevo: educadores, compañeros… Cuando llegué a Palencia, el primer día me pareció raro, me costó acostumbrarme pero lo hice poco a poco. Las educadoras eran muy majas y nosotras muy pocas”, recuerda.

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Los asiáticos superan por primera vez a los latinoamericanos en origen de las nuevas migraciones de Estados Unidos

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La población extranjera del país norteamericano ha alcanzado sus mayores cifras desde 1910.

Con el auge del autoritarismo en muchos rincones del mundo y sus discursos de miedo hacia el extranjero, con el resurgir de los nacionalismos identitarios y excluyentes, con la promesa de muros infinitos para encerrar todo un continente, resulta fascinante comprobar cómo nada detiene las migraciones y cómo éstas metamorfosean los países de acogida. Si la media de los rasgos de una población se manifestara en un cuerpo humano, veríamos cómo los países mutan su rostro, color de su piel, altura… Una pesadilla para los fanáticos de la uniformidad.

Según datos de la Oficina del Censo de los Estados Unidos, el país, que con Trump vive un momento particularmente sensible en temas migratorios, va adquiriendo poco a poco rasgos asiáticos. Es lo más llamativo del informe publicado este jueves. Aunque los inmigrantes de origen latino (especialmente mexicanos) siguen siendo mayoría entre la población de origen extranjero, un 50%, los asiáticos son los que más están creciendo en los últimos años y representan ya el 31% de los venidos de otros países.

México, vecino en la frontera sur, ha sido durante muchos años el país del que más personas han llegado a Estados Unidos. Sin embargo, desde 2010 el porcentaje de entradas ha ido en declive respecto a las de los asiáticos, especialmente de China y la India. De allí han aterrizado en siete años alrededor de 2’6 millones de inmigrantes, más del doble de los que salieron de países latinoamericanos. En estos siete años, el 41% de los llegados son asiáticos, superando así a los latinos, que son un 39%. En total, la población extranjera censada suponía un 13’7% en 2017 (un punto por debajo de 1910), más de 44 millones de personas.

Cifra más alta desde 1910

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No más armas españolas matando a niños en países en conflicto.

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Según Naciones Unidas, sólo durante 2016 más de 15.500 niños atrapados en conflictos armados fueron víctimas de violaciones de derechos generalizadas, incluidos asesinatos y mutilaciones, reclutamiento y negación del acceso humanitario.

En conflictos como los de Yemen o Siria, escuelas y hospitales han sido objeto de brutales ataques y ha habido bloqueos humanitarios. Más de 4.000 niños han muerto o han resultado heridos desde que empezó el conflicto en Yemen y más de 16.000 desde que comenzó la guerra en Siria.

En los últimos años, España se ha convertido en uno de los mayores exportadores de armas del mundo.

El Gobierno español sabe que Arabia Saudí, uno de sus “socios” internacionales, tiene las manos manchadas de sangre. Aun así, España sigue exportando armas a la Coalición liderada por Arabia Saudí. Armas que pueden terminar matando e hiriendo a niños inocentes en países como Yemen. Esto debe parar.

España tendría que incrementar la ayuda y asistencia a los niños atrapados en conflictos armados en vez de vender armas.

Pide al Gobierno que proteja a los niños y niñas atrapados en conflictos armados y suspenda todo tipo de transferencia de armas españolas a países en conflicto.

Esta es la petición que vas a firmar:

Estimado Ministro de Asuntos Exteriores,

Según Naciones Unidas, sólo durante 2016, más de 15.500 niños atrapados en conflictos armados fueron víctimas de violaciones generalizadas, incluidos asesinatos y mutilaciones, reclutamiento y uso, y negación del acceso humanitario.

Escuelas, hospitales y otras infraestructuras civiles han sido destruidas en ataques con armas explosivas. Según la ONU, en países como Yemen, más de 4.000 niños han sido asesinados o han resultado heridos desde que empezó el conflicto en marzo de 2015.

Mientras España juega un papel positivo a nivel global para la protección de los niños en conflicto armado, no deja de exportar armas a Arabia Saudí, a pesar de las evidencias de las graves violaciones del derecho internacional que la coalición liderada por este país está cometiendo en Yemen. Según datos del SIPRI, en 2015 España se situaba como tercer mayor exportador de armamento a Arabia Saudí, solo por detrás de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Por ello le pedimos que:

  • Asegure que los niños y sus familias tengan acceso a ayuda humanitaria, pidiendo a las partes en conflicto que permitan el acceso de los actores humanitarios y que se levante el bloqueo de facto que impide la llegada de productos de primera necesidad a la población civil.
  • Asegure que los niños y sus familias están protegidos, suspendiendo de forma inmediata las transferencias de armas a cualquier parte en el conflicto.
  • Pida que todos los perpetradores de violaciones del derecho internacional rindan cuentas, apoyando investigaciones internacionales independientes sobre las violaciones cometidas por todas las partes en el conflicto y pidiendo a todas las partes que respeten el derecho internacional.
  • Incremente de manera significativa el apoyo financiero de España a la respuesta humanitaria en países en conflicto priorizando las intervenciones en materia de educación y protección de la infancia.

“Dejar que se ahogue gente en el Mediterráneo no está muy lejos de Auschwitz”

Una novela sobre la crisis de los refugiados

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La escritora alemana Jenny Erpenbeck publica ‘Yo voy, tú vas, él va’, sobre un profesor jubilado que decide ayudar a un grupo de refugiados en Berlín

El MundoLeticia Blanco11-09-2018

Richard es un profesor universitario que acaba de jubilarse y, de repente, tiene tiempo libre. Vive a las afueras de Berlín, en una casa frente a un lago en el que el pasado verano se ahogó un hombre. Todavía no han sacado el cadáver de las profundidades así que, un poco por terror, un poco por respeto, nadie ha vuelto a nadar allí desde entonces. Un día Richard tropieza con un campamento de refugiados que se ha instalado en la Oranienplatz de Kreuzberg. Se interesa por los que duermen bajo las tiendas y se propone conocer su historia, implicarse. Así que se acerca a las asambleas que organizan, redacta una lista de preguntas para descubrir su pasado y se deja caer por las clases donde aprenden el alemán y sus caprichosas declinaciones.

Así conocerá la historia de chicos como Awad, un mecánico de coches que huyó de Libia durante la revuelta contra Gadafi después de que asesinaran a parte de su familia. Él y otros refugiados huyen de la violencia extrema. Tras cruzar el Mediterráneo en penosas condiciones y pasar meses en un campo de refugiados en Sicilia, ahora buscan un lugar en el que empezar una nueva vida: Berlín. A medida que estrecha relación con ellos, Richard, un catedrático emérito acostumbrado a citar a Dante y Hölderlin, descubrirá su propia ignorancia (es incapaz de ubicar en el mapa a Ghana y no sabe cuál es la capital de Níger) y se irá involucrando cada vez más en las vidas de un grupo de jóvenes africanos a los que al principio, poco familiarizado con sus nombres, bautiza como héroes mitológicos como Apolo o Hermes.

Así arranca Yo voy, tú vas, él va (Anagrama y Angle), puede que la primera novela sobre la crisis de los refugiados que azota Europa. La alemana Jenny Erpenbeck empezó a escribirla en 2013, cuando «a los inmigrantes los veías si querías». «Luego, cuando la crisis se agravó en el verano de 2015, los veías aunque no quisieras. Fue entonces cuando salió publicada», recuerda. La escritora buscó un grupo de refugiados y, como Richard en la novela, se zambulló en su vida cotidiana. «Los acompañaba en sus visitas al abogado, las casas de acogida, las manifestaciones…». Hoy sigue en contacto con ellos («no se esfumaron con la publicación de la novela») y forman parte de su «familia», dice.

Erpenbeck decidió escribir la novela no sólo para visibilizar el mayor problema humanitario de Europa, también porque quería recoger «sus voces, que son un tesoro» y no dejar que el viento y las olas del mar se llevaran para siempre los testimonios de individuos que, en muchos casos, «han atravesado de manera involuntaria experiencias tan duras y trascendentes que tienen algo de filosófico». Si para algo está la literatura, opina, es precisamente para eso, para darles voz.

En la novela se entrecruzan los testimonios de los refugiados, la inexpugnable burocracia y las reflexiones de Richard, que algunas veces también se siente como un ciudadano de segunda por haber crecido en el Este. No sólo porque su pensión es menor que la de un profesor del Oeste, sino porque «se siente extranjero en la Alemania reunificada y sufre la inseguridad de haber tenido que reeducarse en un país nuevo del que desconoce las reglas», afirma la autora. Ella también nació en el Berlín Este, en 1967, y cuenta que, al empezar a escribir, decidió que Richard sería del Este porque allí «la utopía de la igualdad» existió en algún momento. También cree que el hecho de que Angela Merkel creciera en la Alemania comunista, «donde aprendió lo que es la solidaridad», y que su padre fuera un pastor luterano tiene mucho que ver en su posición frente a los refugiados, pese a las enormes presiones que recibe para limitar el número de acogidos por parte de la ultraderecha y de su propio partido, que para más inri, «se hace llamar democristiano».

Hay una frase en Yo voy, tú vas, él va que dice así: «Seguro que los africanos ni siquiera sabían quién era Hitler, pero, solo si ahora sobrevivían en Alemania, Hitler habría perdido de verdad la guerra». Para Erpenbeck, que muchos países europeos estén discutiendo la posibilidad de dejar que los inmigrantes se ahoguen en el mar «es la misma idea que nos llevó a Auschwitz», afirma. «La frase que oímos todo el rato, ‘Es que no pueden venir todos’, es absurda y sólo es una excusa para que miles de personas se ahoguen. No tenemos derecho a decidir quién viene o quién se puede quedar. Y como europeos, no podemos dejar solos a España, Italia y Grecia».

Erpenbeck alerta de otro peligro: ese limbo de espera al que se ven condenados los refugiados, que muchas veces pasan siete años malviviendo sin saber saber si podrán quedarse en el país de acogida o no. En Austria, por ejemplo, mientras esperan a que se resuelva su solicitud de residencia tienen prohibido trabajar o formarse, algo que impide cualquier atisbo de integración y que solo genera frustración. «Siempre se dice que la economía acaba dictándolo todo y no es cierto. Nos faltan panaderos, fontaneros y otros empleos de formación técnica, pero a los gobiernos sólo les interesa aceptar a los inmigrantes que ya están formados», lamenta.

La espera sólo puede traer problemas, alerta la alemana. «Todos sabemos cómo nos ponemos cuando nos toca esperar más de lo habitual en una tienda o una oficina…sólo hay que imaginarse cómo debe sentirse toda esa gente que está ansiosa por empezar una nueva vida y no puede. Quieren formar una familia, tener un trabajo, en ocasiones reciben presiones para enviar dinero a África… en ese día a día de espera desesperada sin estructura familiar, muchas veces el único sitio donde los quieren es en las mezquitas, y todos sabemos que hay mezquitas buenas y mezquitas malas. No hay que postergar los problemas. La espera no trae nada bueno», añade. Esa condena a estar paralizados impide a los refugiados soltar lastre, cicatrizar heridas y superar el pasado. La imposibilidad de hacer planes de futuro les condena a un presente indefinido cargado de amargura.

La novela, que ganó el premio Strega Europeo de 2017, aborda la tragedia de los refugiados sin caer en el sentimentalismo de hecho, el estilo de Erpenbeck es bastante austero, salpicado de algún fogonazo lírico . Y no sólo va sobre el drama de los refugiados que llegan a Europa en busca de un hogar. También es un libro sobre cómo encarar la vida tras la jubilación, la empatía, cómo implicarse con el otro y, tal y como dice la editora de Anagrama Silvia Sesé, «como vivir una vida que valga la pena».

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