Refugiados: Una oportunidad para crecer juntos. Declaración ecuménica conjunta para el Día Mundial del Refugiado 2017

Martes, 20 de junio de 2017.- La Biblia cristiana nos relata la historia de dos hombres, Pedro y Cornelio, con creencias religiosas y culturas completamente diferentes, que al encontrarse descubrieron que Dios les tenía preparado un destino común que ninguno de los dos había comprendido antes. Aprendieron que el Espíritu Santo derriba muros y une a aquellos que piensan que no tienen nada en común.

Mujeres, hombres y niños de todo el mundo se ven obligados a abandonar sus hogares por la violencia, la persecución, los desastres naturales y los provocados por el hombre, el hambre y muchos otros factores. Su deseo por escapar al sufrimiento es más fuerte que las barreras que se alzan bloqueando su camino. La oposición de algunos países a la migración de los desplazados forzosos no podrá impedir que aquellos que padecen un sufrimiento insoportable abandonen sus hogares.

Los países ricos no pueden eludir su responsabilidad por las heridas que han infligido al planeta – desastres medioambientales, comercio de armas, desigualdad en el desarrollo – y que son las que provocan la migración forzosa y el tráfico de personas. Aunque la llegada de los migrantes a los países desarrollados puede suponer ciertamente un reto real e importante, también puede ofrecer una oportunidad para el cambio y la apertura. El Papa Francisco nos plantea esta pregunta: “¿Qué podemos hacer para ver estos cambios no como obstáculos para el verdadero desarrollo, sino como oportunidades para un genuino crecimiento humano, social y espiritual?”. Las sociedades que encuentran el coraje y la visión de futuro necesarios para superar el miedo a los extranjeros y los migrantes descubren muy rápido la riqueza que traen y que siempre han traído consigo.

Si, como familia humana que somos, insistimos en ver a los refugiados solamente como una carga, nos estamos privando de oportunidades de solidaridad, que son siempre oportunidades de aprendizaje, de enriquecimiento y crecimiento mutuo.

No basta con que los cristianos profesen amor a Cristo: la fe es auténtica únicamente si se expresa en acciones de amor. Todos somos parte del Cuerpo de Cristo, un cuerpo indivisible. En palabras de Dietrich Bonhoeffer, “solo a través de Jesucristo somos hermanos y hermanas los unos de los otros… A través de Cristo nuestra pertenencia recíproca se hace real, integral y eterna”. Si somos un solo cuerpo, estamos entrelazados en una solidaridad que nos define y que nos exige hacer algo.

Los gestos de solidaridad se multiplican cuando sobrepasan las fronteras de la religión y la cultura. Encontrarse con personas de otras creencias nos anima a profundizar en el conocimiento de nuestra propia fe y, en los encuentros con nuestros hermanos y hermanas refugiadas, Dios nos habla y nos bendice como hizo con Cornelio y Pedro.
En todo encuentro genuino tiene lugar un intercambio de dones. Al compartir con los demás lo que tenemos y poseemos, descubrimos que todo es un don de Dios. Y cuando damos la bienvenida a aquellos con los que nos encontramos, hallamos al Dios que está siempre con los vulnerables, en las periferias y en los demás.
Somos testigos de cómo cada vez se construyen más muros por todo el mundo para evitar que los desplazados puedan entrar: no solo muros físicos, sino también muros de miedo, de prejuicios, de odio y de ideologías. Intentemos todos, como una sola familia humana, construir puentes de solidaridad en lugar de muros de división. Nuestras hermanas y hermanos refugiados nos ofrecen una oportunidad para enriquecernos y crecer mutuamente: es Dios quien nos une.
Con el desarrollo de nuevos marcos internacionales como el Pacto Mundial sobre los refugiados y los migrantes en 2018, los estados no solo deberán garantizar una forma más eficaz de compartir la responsabilidad frente a los grandes movimientos migratorios, sino que deberán asumir también la oportunidad de reconocer y poner de relieve las importantes aportaciones que hacen los refugiados y los migrantes a sus comunidades de acogida, para convertir la verdadera solidaridad en una experiencia real para quienes buscan protección y para quienes la ofrecen cumpliendo con sus obligaciones.daf1499b

LA IGLESIA Y LAS MIGRACIONES. Cardenal Antonio Mario Vegliò

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LA IGLESIA Y LAS MIGRACIONES CONFERENCIA DE CLAUSURA

CARDENAL ANTONIO MARIO VEGLIÒ

5 de octubre de 2016

Señor Rector,   Decano,           Amigos,

La declaración conjunta firmada en Lesbos el pasado 16 de abril por el Papa Francisco, el Patriarca Bartolomé y el Arzobispo Ieronymos se abre con estas palabras: “La opinión mundial no puede ignorar la colosal crisis humanitaria originada por la propagación de la violencia y del conflicto armado, por la persecución y el desplazamiento de minorías religiosas y étnicas, como también por despojar a familias de sus hogares, violando su dignidad humana, sus libertades y derechos humanos fundamentales. La tragedia de la emigración y del desplazamiento forzoso afecta a millones de personas, y es fundamentalmente una crisis humanitaria, que requiere una respuesta de solidaridad, compasión, generosidad y un inmediato compromiso efectivo de recursos”.

Estas palabras denuncian una herida abierta en el costado de la humanidad, una herida que no deja de agrandarse. La preocupación de la Iglesia por los exiliados, los emigrantes y los refugiados, por un lado, ha sido y sigue siendo una afirmación del derecho a la vida, del derecho a la paz, la protección y la asistencia; por el otro, manifiesta una acción caritativa y solidaria. La misión de la Iglesia, efectivamente, es sobre todo de carácter pastoral, entendida según dos líneas fundamentales: la primera, mediante intervenciones de respuesta a las emergencias con ayuda material concreta, tiende a la atención ordinaria de las personas para la salvaguardia y el crecimiento de la fe, la esperanza y la caridad; la segunda se realiza proclamando la Buena Nueva a quien aún no la conoce.

Ahora bien, en campo migratorio, la Iglesia recorre ambas direcciones. Para ella la emigración no es un simple fenómeno social, sino que es un importante campo de compromiso para verificar la fidelidad a su misión; de hecho, si bien las causas de la emigración son distintas, es siempre la persona humana la que está implicada con toda su existencia.

Con esta intervención me gustaría poner en evidencia las respuestas que la Santa Sede ha intentando dar al fenomeno migratorio en los últimos decenios.

1.  Desde la Segunda Guerra Mundial a la Recuperación del Desarrollo Moderno.

Pío XII, durante su pontificado, en concomitancia con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, hizo lo posible para poner fin al conflicto, pero los esfuerzos fueron, por desgracia, infructuosos. Entre 1930 y 1945 las persecuciones nazis y fascistas, la amenaza del nacionalsocialismo alemán y del comunismo pusieron a la Iglesia ante la delicada tarea de ofrecer protección y asistencia. En otoño de 1944 nació, por voluntad de Pío XII, la Pontificia Comisión de Asistencia a los Refugiados para la distribución de ayudas a los supervivientes y a los prisioneros procedentes de Alemania y Rusia. Con la encíclica Communium Interpretes Dolorum, del 15 de abril de 1945, Pío XII se expresó en favor de la paz entre los pueblos y de aliviar el sufrimiento de los exiliados. Después de la guerra, el Papa Pacelli pidió, sobre todo a los países menos afectados económicamente, solidaridad y compartir las obligaciones, así como el reasentamiento de los exiliados ante el peligro de repatriación forzosa. En 1949, en la encíclica Redemptoris nostri, manifestó su preocupación por los refugiados palestinos.

El 1 de agosto de 1952, en la constitución apostólica Exsul familia, considerada aún hoy la Magna Carta de la pastoral para los emigrantes, el Pontífice reafirmó el derecho fundamental de la persona a emigrar y propuso por muchos motivos, y ante un fenómeno planetario, a Italia como modelo de referencia para la asistencia espiritual de los emigrantes.

Hasta los años 50 la cuestión de los exiliados parecía una realidad delimitada geográficamente a Europa. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados-ACNUR fue creado en 1950, con un mandato simbólicamente renovado cada cinco años, como señalando la anomalía y la urgencia del fenómeno de las migraciones forzosas. Un año después, la Santa Sede se convirtió en miembro del Comité Consultivo, instituido en ACNUR, y ahora llamado Comité Ejecutivo.

El final de la Segunda Guerra Mundial dejó en el escenario europeo, marcado por el luto y la destrucción, a una multitud de personas que durante la guerra habían sido deportadas o que habían tenido que abandonar su país. Solo en Alemania Occidental se contaron aproximadamente siete millones de personas. En esa experiencia humanitaria concreta tuvo origen el enfoque de las sociedades contemporáneas a la cuestión de los exiliados, estableciéndose a partir de ese momento las bases del régimen internacional para los refugiados vigente aún hoy.

Fue entonces cuando se vio la necesidad, no sólo de responder a la reconstrucción material y económica de Europa, sino de crear una organización internacional para la protección de los refugiados, basada en los principios de los derechos humanos y del derecho de asilo. Se observó la urgente necesidad de proteger y afirmar la dignidad humana con la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, con instrumentos dirigidos a la protección de los refugiados y, en particular, con la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, con protocolo de 1967. La Santa Sede, partícipe activa en los trabajos para la redacción de la Convención, sugirió con éxito distintas propuestas, entre las cuales la necesidad de favorecer la unidad de las familias y la solidaridad internacional para un efectivo derecho de asilo; y lo hizo también firmando y ratificando la Convención.

La Convención de Ginebra de 1951 representó el primer acuerdo firmado en la Sede de la Organización de las Naciones Unidas. De nuevo en 1951, por voluntad de la Santa Sede, se creó la Comisión Católica Internacional de Migración, que aún hoy se distingue a nivel internacional por su dedicación en el ámbito de las migraciones.

2. Concilio Ecuménico Vaticano y su realización.

Después del pontificado de Pío XII, el Papa Juan XXIII dirigió su atención a los sufrimientos y a los derechos de los exiliados en su encíclica Pacem in terris, del 11 de abril de 1963, e instó a los estados a firmar susodicha Convención de 1951.

El Concilio Ecuménico Vaticano II y las sucesivas intervenciones del magisterio afrontaron este fenómeno, considerado un signo de los tiempos, con una serie de respuestas pastorales concretas.

Aunque el pontificado de Papa Roncalli fue breve, aprovechó cualquier ocasión para alzar su voz en defensa de los exiliados: recordemos los radiomensajes en los que expresó su pleno apoyo a la iniciativa de las Naciones Unidas de celebrar el Año Mundial del Refugiado, desde el mes de junio de 1959 al mismo mes del año siguiente.

En los años 60 y 70, la Santa Sede participó en todas las iniciativas que las organizaciones internacionales promovieron para la protección de los exiliados y la defensa del principio de no devolución de los que solicitan asilo, el principio de non-refoulement.

Cito sólo algunas: ante todo la Conferencia de Arusha, de 1979, para los refugiados de África. Después la Conferencia de Ginebra, de 1984, cinco años después, para los refugiados, de nuevo, de África. La Conferencia de Oslo, de 1988, para los refugiados del África austral.  La Mesa Redonda de los expertos de Asia sobre la protección internacional de los Refugiados y de los Desplazados de 1980, en Manila, Filipinas. El Coloquio sobre la Protección Internacional de los Refugiados en América Central -México y Panamá-, en 1984 y, por último, la Conferencia sobre los Refugiados Centroamericanos, en Ciudad de Guatemala, en 1989. Pueden observar como en estos diez años la Santa Sede ha participado en todas las conferencias concernientes a los refugiados, a los exiliados de todas las naciones del mundo.

El Beato Papa Pablo VI, al igual que sus predecesores, se tomaba muy en serio el deber de la Iglesia de estar presente en cualquier lugar o situación en el que los seres humanos sufren, tal como demuestran sus numerosas intervenciones. Estas intervenciones instaban a los estados a tomar una posición con el fin de llevar a cabo el asentamiento y asegurar el derecho de asilo de los exiliados. El Papa Montini era sensible al tema de los refugiados, para los que había hecho todo lo posible, de manera concreta, durante los años de la guerra, cuando era sustituto en la Secretaría de Estado. Fue el primer Papa que viajó en avión y el primero que atravesó los continentes. Los años de su pontificado estuvieron marcados por enormes desplazamientos de personas en los cinco continentes. Poblaciones enteras de individuos y de familias. Los desplazados se contaban por millones: de África, de Oriente Medio, del Sudeste asiático. Recordemos, por ejemplo, los campos de refugiados de Malasia, de Indonesia, de Tailandia, en los que la situación sigue siendo hoy igual que hace treinta años. Es decir, hace treinta años que existen estos campos y que la gente que hay en ellos vive de la manera como se puede vivir en los campos de refugiados. Pensemos en los boat people vietnamitas y chinos, y en muchos otros.

El Papa Montini, en la encíclica Populorum progressio, de 1967, hizo un llamamiento a la solidaridad internacional para defender la dignidad de todos los seres humanos. Sus llamamientos a las instituciones eclesiales y civiles fueron numerosos y finalizados a encontrar soluciones de acogida seguras. Con palabras dolientes dijo, y cito: “No basta con recordar los principios, afirmar las intenciones, subrayar las evidentes injusticias y proferir denuncias proféticas. Estas palabras no tendrán un peso real si no van acompañadas por una toma de conciencia personal en cada uno de nosotros, por una conciencia más viva de la propia responsabilidad, y por una acción efectiva” (Carta apostólica Octogesima Adveniens, 14 de mayo de 1971).

En 1970, el Pontífice instituyó la Pontificia Comisión de Spirituali Migratorum atque Itinerantium Cura, elevada después al Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes de 1988, con la promulgación de la constitución apostolica Pastor bonus. El Pontificio Consejo es un instrumento en las manos del Papa, al que está confiada también la atención pastoral de quienes han sido obligados a abandonar la propia patria y no tienen otra.

Este Pontificio Consejo es el que tengo el honor de presidir; pero en la reforma que se está llevando a cabo en la curia se incorporará, se unirá a otros tres Pontificios Consejos. Y dado que el problema de las migraciones -en el fondo, los exiliados y los refugiados forman parte del gran fenómeno de las migraciones-, es importante, el Papa ha querido subrayar que intentará seguir personalmente este sector, esta comisión…

3. La solicitud pastoral del Papa San Juan Pablo II.

Durante los veintisiete años de su pontificado los llamamientos del Papa San Juan Pablo II a la comunidad internacional, con el fin de promover la dignidad de la persona humana y las libertades fundamentales, fueron incesantes.

En 1981, pocos años después del inicio de su pontificado -tres años después-, Juan Pablo II afirmó que cuanto hace la Iglesia en favor de los exiliados es parte integrante de su misión en el mundo. Recordemos algunos documentos del magisterio para la atención pastoral de los emigrantes y los refugiados.

  1. Para una pastoral de los refugiados, documento del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, 1983.
  2. Los refugiados: un desafío a la solidaridad, también de nuestro Pontificio Consejo, 1992. Este texto, enviado a las conferencias episcopales del mundo y presentado y adoptado por las Naciones Unidas, reconoce al refugiado como un sujeto con derechos y deberes y no sólo como una persona que meramente necesita asistencia. Propone, además, ampliar la protección a esos refugiados llamados de facto como, por ejemplo, las víctimas de las guerras civiles, de calamidades naturales o de desastres causados por el hombre. En este documento se lee que la Iglesia ofrece su amor y su asistencia a todos los refugiados sin distinción. Y la responsabilidad de ofrecer acogida, solidaridad y asistencia a los refugiados es sobre todo de la Iglesia local, llamada a encarnar la exigencia del Evangelio saliendo al encuentro, sin distinciones, de estas personas en el momento de la necesidad y la soledad. Su tarea, la tarea de la Iglesia, asume distintas formas: contacto personal, defensa de los derechos de los individuos y de los grupos, denuncia de las injusticias que están en el origen del mal, acciones para la adopción de leyes que garanticen una protección efectiva, educación contra la xenofobia, institución de grupos de voluntarios y de fondos de emergencia y, por último, asistencia espiritual.

III. La carta Jubilar de los Derechos de los Refugiados, del año 2000, fruto de la colaboración con ACNUR y otros organismos dedicados a la asistencia de los emigrantes forzosos.

4. La época actual. La que nos concierne, la que todos sabemos y conocemos. El Papa Benedicto XVI, que está bien… últimamente he ido a verle, pobrecito, físicamente está un poco cansado, le cuesta caminar, camina con el andador, pero mentalmente está muy, muy lucido… es un gran señor, verdaderamente es un gentleman

El Papa Benedicto XVI, ya en nuestros días, apenas un mes después de su elección como Sumo Pontífice en abril de 2005, se expresó en favor de los exiliados. En ocasión de la celebración de la Jornada Mundial del Refugiado, promovida por las Naciones Unidas el 20 de junio de todos los años, el Papa subrayó, y cito, “la fuerza de espíritu que necesita quien debe dejarlo todo, a veces incluso la familia, para evitar graves dificultades y peligros. La comunidad cristiana se siente cercana a cuantos viven esta dolorosa condición, se esfuerza por sostenerlos, y de diversos modos les manifiesta su interés y su amor, que se traduce en gestos concretos de solidaridad, para que todos los que se encuentran lejos de su país sientan a la Iglesia como una patria donde nadie es extranjero” (Angelus del 19 de junio de 2005).

Sus afligidos llamamientos han sido incesantes y los hemos escuchado en más de una ocasión en las homilías, en la oración del Angelus dominical, en la Jornada Mundial para el Emigrante y el Refugiado o en los encuentros a alto nivel. Sus reflexiones se fundan en la conciencia de que la solidaridad está vinculada a la común pertenencia a la única familia humana, cualesquiera que sean las diferencias étnicas, económicas e ideológicas. Dependemos los unos de los otros. La solidaridad es fruto del amor y de la justicia puestas en práctica. Por otra parte, el Papa afirmaba que acoger a los refugiados y ofrecerles hospitalidad es para todos un gesto obligado de humana solidaridad para que, así, no se sientan aislados a causa de la intolerancia y la indiferencia.

Cada año, en su mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante, el Santo Padre envía a todo el mundo este mensaje sobre los emigrantes… normalmente se recuerda este mensaje, se celebra esta jornada, a mediados del mes de enero. El de este año ya ha salido, pero aún no se ha dado a conocer al público. Espero presentarlo en unos días, porque las distintas conferencias episcopales tienen que saber cuál es para difundirlo y poder crear una mentalidad…Ahora bien, el problema de los refugiados, de los exiliados, es un problema que nos afecta, nos afecta a todos…

En su mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante de 2007, el Papa Benedicto XVI afirmó: “Siento el deber de llamar la atención sobre las familias de los refugiados, cuyas condiciones parecen empeorar con respecto al pasado, también por lo que atañe a la reunificación de los núcleos familiares. (…) Es preciso animar, a todo aquel que está destruido interiormente, a recuperar la confianza en sí mismo. Es necesario, en fin, comprometerse para garantizar los derechos y la dignidad de las familias, y asegurarles un alojamiento conforme a sus exigencias”.

En su encíclica Caritas in veritate, el Papa emérito Benedicto XVI dedicó todo un número al tema de las migraciones en el ámbito del desarrollo humano. Ha recordado, entre otras cosas, que “ningún país por sí solo puede ser capaz de hacer frente a los problemas migratorios actuales. Todos podemos ver el sufrimiento, el disgusto y las aspiraciones que conllevan los flujos migratorios. Como es sabido, es un fenómeno complejo de gestionar (…). Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación” (62). Esta es una frase fundamental que se repite continuamente cada vez que se habla de los derechos de los emigrantes. Ciertamente, puede ser un problema, pero son personas humanas, no son números, no son objetos, no son paquetes postales.

En el mundo de hoy, la emigración ha asumido una nueva configuración y sus dimensiones están destinadas a crecer en los próximos decenios. La situación, sin embargo, a lo largo de los años se ha hecho más compleja y, en consecuencia, ha sido necesario ampliar la protección garantizada a los exiliados también a otros grupos, como por ejemplo, a las personas que huyen a causa del cambio climático y de los desastres naturales. También estos desplazados necesitan protección. Sólo después de una mayor comprensión de su situación y condiciones se están realizando programas adecuados. En resumen, en el centro de la solicitud pastoral de la Iglesia está siempre la persona humana y las vergonzosas plagas del tráfico y la trata de seres humanos nos imponen nuevos desafíos. ¿Conocen ustedes la trata de personas, la venta de órganos, la explotación de niños y mujeres, tanto en el ámbito sexual como del trabajo, verdad?

  1. El último punto. Y luego la conclusión. Estas son las dinámicas que constituyen la candente actualidad a la que se debe enfrentar el pontificado del Papa Francisco, el pontífice actual. En 2013, pocos meses después de su elección, nuestro Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, junto al Pontificio Consejo “Cor Unum”, publicó un nuevo documento sobre las migraciones forzosas que tiene como título: “Acoger a Cristo en los refugiados y en los desplazados forzosos”.

Las razones de un nuevo pronunciamiento de la Iglesia sobre este tema son numerosas. Ante todo, responde a los cambios en la naturaleza de las migraciones forzosas de estos años y, en particular, desde que fue publicado en 1992 el documento “Los refugiados: un desafío a la solidaridad”. En segundo lugar, es oportuno tener en cuenta que las causas que hoy obligan a hombres y mujeres a dejar sus casas son muy distintas y a esto corresponde el endurecimiento de las leyes de muchos gobiernos en materia y, con frecuencia, también de la opinión pública.

Sabemos todos cuál es la posición de muchos países de Europa y sabemos todos cómo, ante el problema de la emigración, la gente, también nosotros, a veces reaccionamos. Por lo tanto, creo que se puede decir que hay un endurecimiento de las leyes de muchos gobiernos en materia y, con frecuencia, también de la opinión pública.

Se ha impuesto, por lo tanto, la necesidad de una nueva reflexión. Es evidente que en el debate político, a nivel nacional e internacional, es cada vez más frecuente la adopción de medidas disuasorias en lugar de incentivar el bienestar de la persona, la tutela de su dignidad y la promoción de su centralidad.

Cuando se habla de emigrantes se habla siempre del aspecto negativo y nunca del aspecto positivo. Que lo hay, vaya si lo hay. Cuando se habla de los “clandestinos”, de las personas en situación irregular, muchos dicen “clandestinos” igual a “criminales”. No es justo, es falso.

Parece que se preste más atención a las modalidades para mantener alejados a los exiliados y los desplazados, en lugar de considerar las razones por las que se han visto obligados a huir. La sola presencia de exiliados o personas desplazadas se considera un problema. Y el resultado es que todo esto está amenazando también el espacio de protección.

La sensibilidad del Papa Francisco hacia las migraciones forzosas y, en particular, su cercanía a los refugiados y a las víctimas del tráfico de personas, que él ha definido un “crimen contra la humanidad”, “una vergonzosa plaga indigna de una sociedad civil”, ha emergido en sus numerosos llamamientos, incluso a las pocas semanas de su elección. Un signo importante fue la decisión de reunirse con los desplazados en Lampedusa… Si recuerdan, Lampedusa es una isla en el sur de Italia, en la que en 2013 murieron aproximadamente trescientas personas antes de llegar a tierra… Fue su primer viaje fuera del Vaticano… esto fue en julio de 2013…

Y el año pasado, o a principios de este año, no me acuerdo, la visita a la isla de Lesbos, en Grecia, el pasado mes de abril… de este año. Gestos. Gestos que han removido las conciencias de las personas y de los estados que pueden -los estados y las personas- y deben contribuir a la adopción de políticas migratorias comunes y con un rostro más humano.

En conclusión, siento la necesidad de repetir que la preocupación que siente la Iglesia por los exiliados, los refugiados y los emigrantes sigue siendo grande. Su compromiso se ha manifestado en la concreción de las iniciativas humanitarias realizadas por instituciones eclesiales como Cáritas, las asociaciones de voluntariado, los grupos de laicos comprometidos y las estructuras de las parroquias e institutos religiosos. La Santa Sede, en particular, no ha dejado nunca de intervenir, tanto a nivel internacional como en ámbitos informales, para animar al estudio de soluciones perdurables sobre las cuestiones que atañen a los exiliados y a los refugiados, al respeto de los derechos humanos y a la salvaguardia de la dignidad de los emigrantes forzosos, sin infravalorar la obligación de todos de compartir las obligaciones y de elaborar una política migratoria global finalizada a la acogida, atenta al problema de las familias separadas a la fuerza en la huida y a la protección de las categorías vulnerables, como los niños, las mujeres, los ancianos y los minusválidos. Todos estamos llamados a seguir el camino que el Papa Francisco nos indica como la “revolución de la ternura”, en la que el Papa recomienda no tener miedo de globalizar la solidaridad para acoger a los exiliados y emigrantes, recordándonos siempre que ellos son la carne de Cristo.

Gracias por su atención.

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¿Por qué los jóvenes se comportan de forma violenta ?

Diapositiva1El Grupo Intereclesial de Infancia y Adolescencia en Riesgo ha organizado para el día 19 de Abril unos Diálogos Abiertos, donde abordaremos el problema de las actitudes violentas de los jóvenes, concretamente en el entorno familiar. Nos acompañará Gonzalo Aza Blanc, experto en la materia, que nos dará luz sobre el problema desde un punto de vista preventivo y propositivo. Tras su exposición, dispondremos de un espacio para preguntas y diálogo abierto y compartido.

 

 

Nota de la CE de Migraciones sobre la acogida a los inmigrantes y refugiados en Europa y en nuestro país

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1.- En este año en el que por el impulso del papa Francisco la Iglesia está trabajando de manera especial sobre los problemas de los “menores migrantes, vulnerables y sin voz” queremos manifestar nuestra preocupación sobre las consecuencias  de las recientes medidas que la Comisión Europea aprobó el 2 de marzo pasado  donde se  invita a expulsar de la forma más rápida posible a migrantes en situación de irregularidad, entre los que probablemente se encuentren  niños.

Esta propuesta puede suponer, de hecho, que prime la condición de inmigrante antes que la de ser menor, con lo cual se podrían conculcar los derechos de los menores. De entre las medidas, la más sorprendente es la de prolongar los períodos de detención. Los niños no deberían ser detenidos porque la detención nunca les beneficia. Y hay que recordar que solicitar asilo no es un acto ilegal.

Debemos ver a los menores migrantes – especialmente a los no acompañados – como una oportunidad, “un reto y una esperanza “, no como un problema. Así lo manifestábamos en nuestro Mensaje del 16 de enero de 2017 con motivo de la Jornada de las Migraciones.  También decíamos que “Alguien ha de gritar con ellos y en su nombre” .Por eso pedimos que se les trate como lo que son: personas inocentes y vulnerables por lo que merecen un trato especial.

Insistimos, una vez más, en que los países deben tomar en serio este asunto y tratar el fenómeno de las migraciones con responsabilidad tanto en el origen como en la acogida.  Observamos con inmensa tristeza cómo se están construyendo muros y tomando medidas para impedir el flujo migratorio.  Las Administraciones públicas tienen la responsabilidad de ordenar las corrientes migratorias; pero teniendo en cuenta siempre la protección de los derechos de los más indefensos y vulnerables. No olvidemos que los menores son muchas veces, junto con las mujeres, víctimas inocentes de la trata de personas con fines de explotación laboral, sexual, de extracción de órganos etc.

La Iglesia desea colaborar con la sociedad y caminar junto a estos niños migrantes para dar solución justa a este problema. Para ello cuenta en España con una generosa red de ayuda a estos sectores de la población dentro de las diócesis y de las congregaciones religiosas e institutos de vida consagrada así como de asociaciones laicales. Desde la Comisión Episcopal de Migraciones estamos alentado y apoyando la coordinación de las instituciones eclesiales y su trabajo relacionado con la Infancia y Juventud en riesgo.

2.- Por otro lado, queremos recordar que hace   un año los obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones ante el acuerdo alcanzado entre la Unión Europea y Turquía para devolver a este último país a los refugiados que habían llegado a Europa,  manifestábamos  “el inmenso dolor ante esta y todas las últimas tragedias humanitarias que afectan a emigrantes y refugiados”. Queremos de nuevo recordar   – como dice el Santo Padre – que “detrás de estos flujos migratorios, en continuo aumento, está siempre la inhumanidad de un sistema económico injusto en que prevalece el lucro sobre la dignidad de la persona y el bien común; o la violencia y la ruina que genera la guerra, la persecución o el hambre”. Por eso reiteramos de nuevo el deseo de acompañar como pastores de la Iglesia a las organizaciones eclesiales que trabajan con inmigrantes y refugiados las cuales han hecho pública una nueva Nota el 21 de Marzo, titulada “Un año desde el acuerdo UE- Turquía: pasos en la mala dirección”. En ella han hecho oír su voz en defensa de los derechos de estas personas desvalidas que reclaman con justicia nuestra solidaridad.

3.- Por último, deseamos que se cumplan, cuanto antes, las propuestas que nuestro Gobierno asumió en la acogida de los migrantes, invitándole a una más amplia generosidad en las mismas. La Iglesia, en una labor subsidiaria a la del Estado, está dispuesta a colaborar siempre dando respuestas integrales para responder a estos flujos de migrantes y refugiados. A través de sus instituciones apoya diferentes ofertas de acogida, acompañamiento e integración, como las que especialmente propone la red Migrantes con Derechos (Caritas, Confer, Justicia y Paz y la propia Comisión Episcopal de Migraciones) y la Comunidad de San Egidio con los pasillos humanitarios.

A todos los que impulsados por las palabras de Jesús “Fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35) o movidos por la buena voluntad, trabajan por y con los inmigrantes, emigrantes y refugiados, nuestro sincero agradecimiento. Y nuestra bienvenida de todo corazón a los mismos inmigrantes y refugiados. Sabed que la Iglesia también es vuestra familia y vuestra casa.

Los obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones

Madrid, 27 de marzo de 2017