Carta a mi “querido” amigo racista

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Tengo tanto que decirte que no sé por dónde empezar. No entiendo ahora, ni entendía en ese momento, por qué lo hacías, solo quería que parases, pero no lo hacías.

Durante mucho tiempo, te permití aquellas burlas, que, en parte, también eran culpa mía. No tenía que haber aguantado ni insultos ni degradaciones. A todos les parecía gracioso y, yo, solo quería encajar.

Este es el peligro de querer encajar, que dejas pasar situaciones. Tragas y tragas insulto tras insulto, por no ir en contra de una mayoría que le ríe los chistes a aquel que te increpa.

Cuando te ríes de una acción ofensiva hacia otra persona, participas en la agravación de esa conducta. La intensificas de manera, que haces al bullyng más fuerte y al oprimido aún más vulnerable, porque no siente que tiene ese apoyo, en lo que debería ser un entorno seguro.

Me sentía sola e incómoda conmigo misma. “¿Por qué los negros tenéis las palmas de las manos blancas?”, “Estás sucia, ¿por qué no te limpias? ¿tus padres vinieron en patera? Estas eran alguna de las preguntas que me hacías.

La cosa con los años no mejoró. Tú te hacías más grande y yo más pequeña. Empecé a sentir que el problema era yo, que no era igual a los demás. Quería el pelo liso y la tez más clara pensando que, con esto, todo mejoraría. Hubo un día que hasta deseé levantarme con la piel blanca, el pelo rubio y los ojos azules. Por la mañana me levanté y seguía siendo igual de negra que cuando me acosté. Ni un cambio.

Aunque mi familia siempre me decía “No le puedes gustar a todo el mundo. Tienes que gustarte a ti misma y quererte tal y como eres” Nunca les hice caso.

Veía en la tele a aquellas personas blancas que tenía un abanico de posibilidades laborales, y los únicos negros que veía eran inmigrantes sin una historia detrás. Mientras, pensaba ¿no hay ningún negro de aquí? ¿no hay negros médicos, abogados o solo pueden ser migrantes? ¿ no puedo sentirme de dos países?

Estás preguntas pronto se disiparon cuando en una clase de gimnasia, me dijiste “Tú no eres de aquí, porque eres negra. Los negros no pueden ser españoles”. Te reías.

Un día me cansé, hablé, peleé, me revolví, y levanté de aquella agonía.

No podía seguir siendo alguien que no quería ser; no podía seguir sin ganas de levantarme.

No nos damos cuenta, pero cada vez que no actuamos ante el racismo, lo perpetuamos. Hacemos crecer a nuestro enemigo, hasta que nos engulle y nos hace perder la esperanza.

Ahora, hablo contigo, tú, sí, tú… aquel que mira, pero no actúa; aquel que se ríe, pero no reacciona; aquel que gira la cabeza o ignora el problema. TÚ, también tienes la culpa.

A ti, mi “querido” amigo, te digo, que ahora sé que soy fuerte y no me vas a volver a pisar.

A ti te digo, que antes yo luchaba contra mí, y ahora lucho contra lo que representas.

Hasta luego y espero no verte nunca, mi “querido” amigo racismo.

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